Los Medanos

Los Medanos

Increibles medanos

ES PROBABLE QUE TENGAS tu playa preferida y muchas razones para que así sea. Sin cansarte de admirar, habrás notado que nunca se muestra igual.

Las corrientes, las mareas, y las tormentas cambian las playas para recrearlas con diferentes diseños una y otra vez más. Llegan a reducirse y quedar con marcada pendiente después de fuertes tormentas, ocasiones en que el mar les quita arena que termina por alimentar bancos próximos a la costa. Con el tiempo la arena será transportada en retorno, volviendo la playa a mostrar suave declive. Pasaran tal vez semanas o meses, pero si nada interfiere, la playa podrá recuperarse.
La erosión avanza cuando se va más arena de la que después se deposita, pero es fundamental tener en cuenta todo el proceso para conocer la tendencia. Al decir de un geólogo costero, las playas son comparables a los témpanos: el 90 % de la acción ocurre bajo el agua, en la zona de rompiente. Y como pasa con las masas de hielo, estudiar la porción bajo el agua es más complicado y riesgoso.

Sin muchas vueltas que dar, se puede decir que ningún grano de arena permanece estable entre la costa y el mar. Si consideramos la trayectoria de un grano de arena costero, es probable que la rompiente lo capture y lo transporte hasta alguna playa. Después el viento lo podrá levantar y trasladar. Así, de a millones y en continua dinámica, van formando los médanos o dunas costeras. En definitiva, montículos de arena que el mar y el viento generan en conjunta tarea.
Los médanos más nuevos se mueven con frecuencia según la dirección del viento, y médanos vivos se los ha dado en llamar. En cambio sobre los más antiguos, conocidos como fijos, crece una vegetación baja que evita que el viento los disgregue. Unos y otros absorben el agua de lluvia y la conservan a escasa profundidad, actuando como inmensos depósitos de reserva.
Junto con los bancos de arena y las dunas, las playas integran un terceto que se mantiene por si mismo cuando no hay barreras que interfieran en su dinámica natural. Donde hay acantilados, ellos alimentan a las playas con su erosión, y la descarga de los ríos aporta sedimentos al mar.

Sin duda las playas son un ambiente inestable que cambia y cambia sin cesar. En una escala de tiempo más amplia hay que considerar además la suba o descenso de mares o continentes. En las costas de Buenos Aires el nivel del mar ha estado bajando desde hace cinco mil años. Y cien años hacia el futuro los cálculos pronostican una suba de las aguas marinas de entre 30 y 50 cm en promedio, consecuencia del aumento previsto de entre 1°C y 3°C en la temperatura media del planeta a causa del efecto invernadero. Aún en caso de incrementos menores, habrá zonas más afectadas que otras, y las tormentas se darían con más frecuencia. En todo el mundo, y nuestras costas no están ajenas, se hacen estudios para determinar que zonas son más vulnerables.

 

Volviendo a nuestras actuales playas, la circulación media de las corrientes en las costas de Buenos Aires corre desde el sur hacia el norte. En consecuencia existe un transporte neto de sedimentos en el mismo sentido. Esta deriva litoral mueve mucha arena, toneladas de ella. En playas al norte de Villa Gesel, se estimó un transporte en dirección norte de hasta 700.000 m? de arena al año, volumen similar al de mil piletas de natación de 25 metros de largo. El continuo aporte natural de arena en la zona intermareal sumado a los vientos que soplan sobre la playa favorece el crecimiento general de las dunas en algunos sectores. En Punta Médanos hay dunas de entre 35 y 40 metros de altura. Allí el balance es favorable a la sedimentación y las costas ganan terreno al mar. En otras partes, hay costas que están retrocediendo en forma natural.

Ahora bien, donde surgen barreras que interfieren con el balance de sedimentos, la erosión de las costas avanza y se hace notar cada vez más. Muchas de nuestras actividades hacen las veces de barrera. Es el caso de la urbanización costera, los paredones de piedra sobre los acantilados, las escolleras, espigones y muelles, la excesiva forestación de dunas, y la extracción de arena para la construcción.
Cuando el poder del mar más golpea, encuentra poca diferencia entre los castillos de arena que los chicos levantan en las playas, y las construcciones de los adultos en las costas. Los fuertes huracanes son prueba de ello, y podemos estar agradecidos de no tenerlos en las playas de Buenos Aires.