El Bosque

Oxigeno puro.

El Pinar de Gesell

Para iniciarse en los secretos de Villa Gesell es preciso descubrir los secretos del bosque. Antes de la implantación del árbol Villa Gesell simplemente no era. Pues el medanal sobre el que se forjó la ciudad era otra cosa, un paisaje único, bello y hostil para el hombre, pero no era Villa Gesell.Entonces decimos que en el principio fue el árbol. En el árbol está el origen, la Villa sólo fue posible a partir de él.

Nos referimos al bosque en el sentido más estricto de la palabra. Un bosque es un ecosistema en constante interacción, conformado por diversas especies de árboles, arbustos, una multitud de seres más inquietos, visibles y no tan visibles, el suelo, los minerales y las cosas muertas que alguna vez tuvieron vida. En una palabra: el Bosque.

Se tiene como fecha de fundación de Villa Gesell el año 1931, cuando Carlos Idaho Gesell llega para aquietar las dunas, pero en realidad comienza cuando el bosque logra hundir sus raíces en la arena. De aquel Bosque Iniciático se conserva una porción casi intacta, que es posible apreciar en el área que comprende la Casa de Don Carlos, el Museo, el Vivero, el Centro Apícola, El Taller del Bosque y todo su entorno. Para ingresar en él partimos de Avda. Buenos Aires y Avda. Tres. Este es un lugar clave de la ciudad, como una segunda entrada después de la rotonda, porque es el punto donde se juntan tres calles que a los doscientos metros más o menos nos conduce a los tres espacios más característicos de Villa Gesell: si miramos siguiendo la dirección que traemos, nos encontramos con el horizonte del mar; si giramos a la derecha, a los pocos metros nos encontramos con la Avda. Tres, el centro vital de la ciudad; si giramos a la izquierda nos internamos en el bosque del que empezamos a hablar. Adelante entonces.

 

 El viejo centro del universo:

Carlos Gesell primero aquietó y pobló de árboles los médanos vivos, y luego respetó la topografía del lugar haciendo que las calles de su futura villa pasasen por los valles interdunales, que son los espacios y bajos que hay entre una duna y otra. Esto le confirió a la ciudad primaria el aspecto de una aldea con sus casas ubicadas en colinas pobladas de verde y con sus calles serpenteantes que invitaban a caminar descalzo. El Centro que conformaba esta aldea no era la plaza como en el damero español, ni la avenida 3 y su peatonal como en la ciudad actual, sino que estaba en el bosque de Don Carlos. En el lugar donde funcionó durante muchos años la Administración Gesell, el Vivero, el taller de máquinas y vehículos viales que abrieron y conservaron las calles, el generador de electricidad y la oficina de correo. Pero además de todo esto funcionaba la cabeza y el corazón de este hombre que cambió su vida ¡a los casi cincuenta años! y se puso a iniciar la ciudad.

Hay una idea que nos viene de los Griegos, y tal vez de antes, desde que el hombre inventó vivir en ciudades, según la cual el fundador empieza señalando un lugar, una piedra, un palo clavado en la tierra, un pozo con reliquias, donde está ubicado el Centro del Universo. Es muy difícil fundar una ciudad sin el íntimo convencimiento de que el lugar elegido es el Centro del Universo.

 

Cuando llegamos a este bosque estamos es uno esos Centros del Universo, pero no esperemos encontrarnos algo heroico o sagrado, sino un lugar de trabajo. Mucho se conserva y es emocionante, por trivial que parezca, descubrir en la puerta de la actual Casa del cuidador (4) del predio una pequeña ranura que otrora sirviera para echar las cartas; o el galponcito (5) derruido donde funcionó la primera usina; cuando había electricidad solo hasta las ocho o nueve de la noche.

 


Lo que hay en el Bosque:

El bosque de Gesell son catorce hectáreas donde los médanos y su primera vegetación han quedado intocados. El paseo entre sus lomadas y barrancas presenta continuamente cambios de paisaje que nos asombran. Como en todo bosque, la mejor manera de verlo es perderse en él. Nos encontramos desde el bosque de altos pinos que no permiten que crezca vegetación en el suelo, en los cuales la arena mezclada con las hojas muertas de tantos años y tímidamente crecen pasto o yuyos aquí o allá , hasta los macizos de álamos jóvenes que crecen tan juntos que forman paredes entre las que se recortan pequeños senderos laberínticos.

También se pueden encontrar dos puentes, uno de quebracho y otro de ramas caídas del mismo bosque, que salvan lugares usados como reservorios de desborde de agua de lluvia. En estas pequeñas lagunas aparece una flora acuática, particularmente deslumbrante durante la primavera que las transforma en un plano de verde joven donde el sol se filtra entre los árboles formando un tapiz sutil, y en donde se escucha en el atardecer de un día lluvioso el croar metálico de las ranas. En una de ellas se puede ver una misteriosa escultura, una mujer desolada por el abandono, enmedio de una isla. Se trata de Ariadna en Naxos , del escultor geselino (y también arquitecto) Pablo Carrau. Su tema está vinculado al mito del Laberinto del cual hablamos más adelante.

En los sitios donde los pinos se mezclan con los álamos, los sauces y los eucaliptos, el piso se forma con plantas que crecen con notable regularidad. Así podemos ver mantos de hiedra, que no conformes con ocupar todo el suelo envuelven todos los accidentes que encuentran: ramas, árboles caído, pozos, e incluso troncos enhiestos y hasta árboles enteros. También se ven grandes mantos de vincas, planta vivaz de hojas lustrosas y flores pentagonales de un violáceo acelestado, y también, aquí y allá, pequeños mantos blancos de ajos silvestre, cuyos tallos hay quienes usan en sus ensaladas.

En todo este paisaje siempre renovado y asombroso, hay cuatro lugares que por sus características tenemos que señalar en forma diferenciada: el Vivero, que definimos como colección botánica o arboretum, el Museo o casa histórica, el chalet de don Carlos y el conjunto que forman los antiguos talleres de la Empresa Gesell.

Todo esto formó, sin duda, el centro del incipiente universo geselino. Fue el espacio de la creación y la invención. El taller de don Carlos cumplía la función que cumplen los corralones municipales y áreas de planeamiento urbano, porque la Villa que nacía recordaba a la polis, la ciudad estado. Pero también era el lugar donde «El Viejo Gesell» ponía en práctica sus mil inventos. Un grupo de seguidores acataba sus órdenes para construir un vehículo anfibio que nunca funcionó, reinventar el líquido para frenos a base de solo agua, o electrodos para soldar más baratos, y hasta se hacían pruebas con dinamita para tratar de hacer más resistente el suelo arenoso, tratando de compactar

 

Ahora trabajan aquí otros talleres que tratan de conservar y acrecentar la cultura de este primer centro del mundo. Incluso uno adoptó con orgullo ese nombre: el Taller en el Bosque. Pero el primer «taller» para don Carlos fue su querido vivero, que se fue transformando en una formidable colección de especies de todo el mundo.